La llibreria ambulant, de Christopher Morley. Ressenyes trobades a internet. (Marisol Pérez)


30 de Junio de 2012

Delicioso cuento en el que se mezcla un canto a la naturaleza y a la cultura, a los libros y a la humanidad. Un combinado de Thoreau, Whitman, Kipling, Twain… cargado de fino humor, situaciones entrañables y a veces, delirantes. Morley nos introduce en el mundo rural de Nueva Inglaterra a comienzos del siglo XX, pero sobre todo recrea una historia de cuento, con un trasfondo moral y filosófico, cuya acción transcurre a lo largo de apenas cuatro días. LEER MÁSLa protagonista y narradora de la historia, Helen McGill, es una soltera cuarentona, que ha pasado de institutriz a granjera, y durante años no ha hecho otra cosa que cocinar, cuidar de los animales y de su hermano, que de granjero se ha convertido en escritor famoso y solo vive para escribir. Pero un buen día cambia el rumbo de su vida, al toparse con un personaje que podría ser un duendecillo, un enano saltarín, un príncipe transmutado en sapo al que la ―en este caso― robusta y madura señorita McGill, a modo de princesa rural, es seducida por la posibilidad de una variación en su aburrida rutina doméstica, lanzándose de cabeza a una aventura contra toda posición lógica y racional, una locura, según su hermano y casi todos los que la conocen.El Parnaso es el nombre de una librería ambulante, (de hecho, el título original es Parnassus on wheels) un carricoche tirado por Peg, viejo caballo al que acompaña Bock, un perrito juguetón. Con esos compañeros el señor Mifflin recorre el país, de pueblo en pueblo, vendiendo cultura, o sea, libros, y a la vez, tratando de convencer a los habitantes de cada casa de las ventajas de tener el hábito lector. «Que nos llamen hombres no nos convierte en hombres―pregona Mifflin―. Ninguna criatura sobre la faz de la tierra tiene derecho a creerse un ser humano a menos que esté en posesión de un buen libro». Maravillosa labor que le hace feliz, a la vez que le mantiene en una sanísima unión con la naturaleza. Esta actitud es adoptada por Helen, que se convierte en heredera del señor Mifflin.Para evitar que su hermano compre el Parnaso y desparezca de casa, prefiere comprarlo ella. Pero una vez dueña del carromato y de todos sus libros, es seducida por completo por ese mundo: decide, pues, cambiar de vida al instante, o al menos, tomarse unas largas vacaciones y dejar a su hermano horneando el pan y recogiendo los huevos de las gallinas. El recorrido que realiza para acompañar al señor Mifflin al tren que le ha de llevar a Brooklyn, consigue entusiasmarla: con la naturaleza, con los libros, con la vida al aire libre, las conversaciones con la gente de cada pueblo, etc. Y por otra parte, inevitablemente en esos días se crea una corriente amistosa en relación con el duendecillo Mifflin. Comprende los valores humanos de este hombre, que a pesar de ser pequeño y feo, tiene un corazón enorme y una fuerza más que sobresaliente. La corriente es de ida y vuelta, por lo que el pequeño duende se siente también atraído por la gordoncha solterona y el resultado es una historia de amor. Pero no un amor pasión, sino ese amor profundo que se basa en la amistad, la lealtad y la honestidad. Ocurren diversas aventuras casi quijotescas, en su deambular por los campos y bosques cercanos a Long Island. El autor lo cuenta todo en clave humorística, dando un tono entre jocoso y moralizante, entre hilarante y filosófico. Y el ritmo de lectura es el de la carreta, lento pero constante. Con un lenguaje sencillo y llano, pero pleno de referencias literarias a los clásicos. En suma, una lectura muy simpática, un autor poco conocido en España, por lo que celebramos que Periférica haya apostado por él.Christopher Morley (1890-1957) nació en Haverford, Pensilvania. Estudió en Harverford College, donde su padre trabajaba como profesor de matemáticas. Posteriormente, se matricularía en la universidad inglesa de Oxford para estudiar historia moderna durante tres años. En 1913, se instaló en Nueva York y comenzó a trabajar en la editorial Doubleday. Pocos años después se convertiría, recorriendo Estados Unidos como columnista y reportero, en uno de los periodistas más prestigiosos de su época. Su primera novela fue La librería ambulante, publicada en 1917, y en 1919 apareció The Haunted Bookshop. Su novela Kitty Foyle, publicada en 1939 y trasladada al cine con el mismo título fue uno de los grandes éxitos de crítica y público del momento.AriodanteFICHA DEL LIBROTítulo: La librería ambulante | Autor: Christopher Morley|

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En nuestras vidas digitales apenas podemos concebir un tiempo en el que vivir en una aldea remota significaba el alejamiento de cualquier oportunidad de ocio o cultura tal y como podían entenderla sus contemporáneos urbanitas. Un tiempo en el que el acceso a los libros resultaba harto difícil, no sólo por lo costoso, sino por las escasas oportunidades para su compra.

 

Así que, al igual que cualquier otro vendedor ambulante que decide acercar su producto a sus clientes potenciales, el mejor modo de llevar los libros a los rincones más recónditos del país, era trasladarlos físicamente, mostrarlos como una mercancía más y cantar sus bondades.

 

Roger Mifflin recorre los caminos rurales de los Estados Unidos a comienzos del siglo XX ejerciendo la venta de libros a domicilio a bordo del Parnaso Ambulante, un carromato acomodado a la doble función de tienda y vivienda itinerante, acompañado por una mula renqueante y un alegre perro.

 

Pero no viaja a solas con ellos, a sus espaldas, más de mil libros le sirven de consuelo y esperanza, de lección sobre el mundo y de criterio para conducirse en la vida. Porque Mifflin, que ha abandonado su ocupación de maestro, ha sido picado por el vicio del proselitismo, la predicación de una verdad que ha iluminado su vida: la religión de la buena literatura.

 

Mifflin encuentra una compañera de viaje con la que comparte protagonismo, Helen McGill. Institutriz en su juventud, abandonó la vida urbana para comprar, junto a su hermano Andrew, una granja en la que viviría los siguientes diez años dedicando su tiempo y esfuerzo a recoger los huevos de las gallinas, hornear el pan y preparar mermeladas. Diez años es demasiado tiempo y Andrew comienza a interesarse más por la escritura que por los cultivos y el ganado alcanzando cierto renombre que amenaza la estabilidad de la vida rutinaria de Helen.

 

 

 

Cuando ésta ve aparecer a las puertas de su granja el Parnaso Ambulante del señor Mifflin y conoce sus intenciones de venderlo a su hermano para retirarse a escribir un libro en el que volcar toda su experiencia de los años pasados en polvorientos caminos, cree llegado el fin de su tranquila vida rural. Ve a su hermano comprando el cachivache y lanzándose a la aventura dejando para ella el duro trabajo de la granja. Así que lanza su complicada apuesta para evitar que su vida cambie por la fuerza de otros y, para ello, golpea primero. Será ella y no Andrew quien compre el Parnaso y ella quien asuma la dirección del negocio dejando toda la responsabilidad de la granja a su hermano.

 

Helen es un ejemplo de estas tardías decisiones que se toman en la vida, muchas veces las más acertadas, las que rompen una dinámica y que son un salto al vacío que pocos son capaces de dar. Pero no es su caso, paga en el acto al mercachifle que le acompañará durante los siguientes días explicándole las normas básicas de su negocio y compartiendo con ella su credo literario.

 

Las conversaciones entre el extravagante Sr. Mifflin y la pacata McGill no tienen desperdicio y van jalonando las cunetas de divertidas anécdotas que conducen a un final algo previsible pero que no desentona con el tono placentero del relato ni con el pausado trote de la mula.

 

 

 

Y de esto habla La librería ambulante, de un estrafalario hombrecillo que se ha dedicado durante los últimos años a predicar su evangelio literario a lo largo y ancho de los polvorientos caminos. Ha discurseado sobre la buena literatura y cómo sacar partido de ella, pero también ha sabido vender los libros adecuados a las personas correctas. A un ama de casa le sugiere un buen libro de cocina y a un granjero un libro sobre horticultura. Propone libros diversos al predicador, a los hijos del alcalde o al funcionario local con una idea en la cabeza: cada libro es una semilla que germina en la necesidad de más libros.

 

Mifflin no se aferra a las listas de éxito sino que recurre sin vergüenza a los clásicos  cuando lo cree conveniente. Pero no está dispuesto a asfixiar una incipiente vocación lectora con obras que la agoten por siempre. Se niega a entregar a un granjero obras de Shakespeare pese a la insistencia de éste, creyendo aún no llegado el momento adecuado.

 

Mifflin nos habla de las bases de un buen negocio, honrado y de improbable rápida fortuna, pero un negocio seguro ya que cree en su mercancía. Cuánto deberían aprender libreros, editores y críticos de este personaje mientras se lamentan y lamen las heridas de la crisis lectora.

 

Vender a un buen precio con un margen razonable, no tratar de vender el libro equivocado a la persona equivocada (cuántas menciones en las contraportadas han llevado a comprar malos libros). Cuánto marketing y qué poco boca a boca. Qué rapidez para publicar libros que apenas duran unos escasos meses en el mercado y que, sólo si son rentables, pasan a ediciones de bolsillo igualmente parcas. Cuánta publicidad y cuántas listas de ventas, cuántos autores con un buen primer libro que estiran su fama con segundas obras que no debieron publicarse.

 

Pero no generalicemos, Editorial Periférica ha recuperado este texto publicado en 1917 por Christopher Morley, un autor de éxito en la primera mitad de siglo que supo escribir con un estilo cuidado pero popular. Tanto por la edición como por la traducción a cargo de Juan Sebastián Cárdenas, Periférica proporciona el sabor y el gusto de los buenos libros, amenos y centrados en una historia que narrar, artesanía de la palabra.

 

 

Christopher Morley

 Es cierto que en nuestros días la Literatura no parece necesitar de librerías ambulantes como antaño. Ya no hay caminos pedregosos, ni aldeas remotas; la globalización nos ha acercado a todos y cualquiera puede comprar lo que desee a través de Internet. Pero también en nuestros días sigue habiendo necesidad de Parnasos, de predicadores de la buena literatura. Y esos Parnasos llaman a tu puerta cada día y llevan nombres tan rutilantes como La hora azul, La antigua Biblos, Lector en los huesos, El blog del librero Humanoide, Solodelibros, Devolución y Préstamo, Libros y Literatura, O mejor... ¡Denme el librillo entero!, De libro en libro.. , Cargada de Libros, Golem - Memorias de lectura, Algún día en alguna parte, Hislibris, Opinión de Libros y tantos y tantos otros.

 

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