La germana, de Sandor Marai. (Beatriz Garvia)

 


La hermana fue el último libro que Márai publicó en su país antes de  exiliarse. Escrita en 1946, a continuación de “El último encuentro” y con la segunda guerra mundial como telón de fondo, “La hermana” es un claro exponente de la extraordinaria sensibilidad de Márai para abordar las preocupaciones primordiales del ser humano: la pasión, el dolor, la enfermedad, la música, el éxtasis del arte y el misterio de la muerte.

 

 La novela está estructurada en dos partes, cada una de ellas contada en primera persona por dos narradores diferentes. Y tiene un momento culminante, un enigma, que cambia el destino del protagonista: una voz de mujer que dice: ”no quiero que se muera”. Cuando oye esta voz, el protagonista “decide no morirse” y empieza su recuperación, recuperación que no es total pues, mientras leemos la novela, el sr. Z  está muerto.

 

El escenario de la primera parte es un hotel modesto, en la alta montaña, en el que el narrador, un escritor de renombre, conoce al compositor, sr. Z. Márai hace una perfecta y honda descripción de los huéspedes del hotel profundizando en sus personalidades. En el hotel había una pareja de amantes que, tras fugarse juntos, se suicida. Después del suicidio, Márai, en boca del narrador realiza unas  interesantes reflexiones sobre la pasión y la razón cuestionándose cuál de las dos debe imponerse sobre la otra: “no puedo aceptar que ningún sentimiento sea más fuerte que la razón”, reflexiona analizando el suicidio pasional. El escritor tiene un encuentro con Z. y quiere hacerle partícipe de sus pensamientos pero “intuye que Z. no es de los que creen que la razón es superior a los sentimientos. Es un artista, pensó y en la sociedad el artista encarna algo maravillosamente superfluo, precisamente aquello que corresponde al plano de los sentimientos. No puedo esperar que se ponga de parte de la razón. Sin embargo, ahora lo veía muy claro: aquel hombre vivía en los límites de toda convención social”. Z. y el narrador inician una conversación sobre la pasión, la vida, el libre albedrío y Z. le dice: “por obra de la pasión, yo ya he estado en la otra orilla”.

 

El escritor y Z. hablan también sobre la aceptación de las cosas, de la muerte y del destino. Z. le explica que está enfermo, que ya no toca el piano. Guerras, enfrentamientos, todo converge en un mundo donde la destrucción campea a sus anchas y en el cual, debido a su enfermedad, el personaje con gran amargura, cuando el escritor se compadece, le dice: “A mi ya nadie puede ayudarme, porque no solo se trata de que la música me ha abandonado….yo también he abandonado a la música”. “Y las dos cosas, mi enfermedad y la huída de la música, guardan una relación”. Su respuesta a las conexiones entre la vida y la muerte fue únicamente la humildad con la que aceptó Z. su propio destino

 

Siguiendo con el argumento, Z. desaparece, se va de viaje para tres días, pero transcurren semanas sin que de señales de vida. Después de 8 meses, un día de otoño, el escritor lee en los periódicos que Z. ha muerto en un balneario suizo. Y tres semanas después, le llega por correo un sobre de la Embajada suiza con una nota en la que se le informa que el pianista Z. ha dispuesto que el manuscrito que contiene el sobre le fuera entregado como una parte de su herencia. El manuscrito no contenía ninguna nota del autor con instrucciones. El escritor no sabía si era un diario o unas memorias o si se había escrito para el público, no sabía si Z., quería que lo leyeran otros. Su lectura repetida le convenció de que su publicación no violentaría la voluntad de Z., pues “cuando una persona recrea con la pluma experiencias personales siempre se está dirigiendo a un público, aunque opte por el género íntimo  del diario”.

“Cuando alguien habla desde la otra orilla sobre cuestiones de la vida y de la muerte, de las grandes emociones que mueven al hombre como la fe, el amor, la pasión…los que aún están en esta orilla no pueden responder. Deben callar y escuchar”. Con este silencio, el narrador leyó el manuscrito de Z. cuyas páginas “no dan respuesta a las interrogaciones sobre vida y muerte pero “¿existe acaso otra respuesta que la humildad con la que aceptamos nuestro destino?”

 

Márai escribe sus novelas teniendo en cuenta dos líneas paralelas, la de los personajes, cuya vida o vicisitudes describe, y la del entorno dramático y trágico de la Europa de la primera mitad del siglo XX, relacionando la actividad individual con los acontecimientos angustiosos y destructivos de un continente enloquecido por la guerra, la violencia y el odio. En esta primera parte hace referencia a una reunión de Navidad en la montaña, en plena segunda guerra mundial, en la que tiene el encuentro tan vivamente grabado en su mente y el corazón del protagonista, mientras que la preocupación por el futuro de la humanidad estaba patente en la mente de todos los participantes, y afirma: “Lo que supe no me aportó noticias sobre el destino de pueblos y continentes, sino sobre el de una sola persona. Sin embargo, en el destino de una sola persona la fatalidad puede condensarse con la misma intensidad que en el de pueblos enteros”.

 

 El autor recurre a un símil con la música, al referirse a las palabras “Feliz Navidad”, como palabras hermosas, “austeras y perfectas como una fuga de Bach”. La música representa un continuo en la narración de esta novela; Es un tema constante cuyas variaciones, fugas y retornos al tema principal se dan en una armoniosa conjunción de situaciones en las que el interés por la música y sus diversas manifestaciones será el lazo de unión entre estas almas gemelas, sirviendo de contrapunto el tema de la guerra y la destrucción de ciudades y pueblos así como la persecución injustificada y deshumanizada de diferentes grupos humanos. Con profunda amargura el Márai evoca: “La arrogancia vanidosa y desmedida del hombre, que se atreve a pensar que con sus espurias maquinaciones, además de provocar un cruel derramamiento de sangre, es capaz de alterar hasta las leyes eternas que rigen el mundo… El hombre es mero juguete de fuerzas y voluntades cuya verdadera naturaleza desconocemos, títere de pasiones que vibran más allá del entendimiento humano”.

 


 

Fue un encuentro entre dos intelectuales, un músico y un escritor, en el ocaso de la vida del músico, condenado a muerte por la enfermedad.  Lo sabe y está dispuesto a afrontarlo sin rebelión alguna, como el autor sabe que en aquellos años Europa estaba condenada, si no a muerte, sí a una gran tragedia  que determinaría el destino de millones de seres humanos, sobre todo después de la terrible masacre de la primera guerra mundial, que terminó no sólo con los imperios coloniales, sino con generaciones y con toda una concepción de la vida y la muerte. Frente a esto, la actitud del escritor es de reserva involuntaria frente a la sencilla dignidad  del hombre marcado por la muerte. Esta novela fue escrita bajo los influjos de la Segunda Guerra Mundial con toda su carga de desolación y muerte; el contexto histórico y cultural de una Europa desvastada por la guerra condicionó muchos párrafos de esta novela que Vanity Fair ha comparado con la monumental Montaña Mágica de Thomas Mann

 

He aquí el manuscrito.

 

El manuscrito es la segunda parte de la novela. Está escrito por Z., en primera persona y el resumen podría sintetizarse así:

 

En la cumbre de su fama como pianista y compositor, Z. se dirige en tren a Florencia, invitado por el gobierno italiano, para dar un concierto. Cuando falta poco para cruzar la frontera, Z. se siente enfermo e intuye que nada volverá a ser como antes. Estaba alejándose de E., mujer misteriosa, a la que ama profundamente, pero que está “enferma”: es frígida. E. está casada y pertenece a la alta sociedad. “Viajar es renacer, olvidarse de las responsabilidades, evadirse, encontrarse con las imágenes perdidas de la juventud”. Ese era el momento para irse de viaje y de alejarse de E. Hace constantes referencias, en este momento, a la guerra (pág 85) y concluye: “el artista no puede permanecer impasible cuando dos pueblos se entrelazan en un abrazo mortal”. Los periódicos hablaban de la caída de Varsovia y Z. dice: yo sólo podía dirigirme al mundo con el lenguaje de la música y ahora, cuando en el mundo resuena el eco de la agonía de una nación herida de muerte no puedo hacer otra cosa que interpretar en la sala de conciertos europea la voz más noble con la que ese pueblo se había dirigido a la humanidad: haría revivir la voz de Chopin”

 

 Tras el concierto Z. es ingresado en un hospital florentino, donde pasará los meses siguientes debatiéndose entre la vida y la muerte, aquejado de una rara enfermedad vírica (¿podría ser una ELA?). El médico no le da el nombre de la enfermedad porque no es importante colocar un letrero sino saber qué le pasa y cómo lo vivirá el protagonista, singularmente. Las conversaciones con el médico y las hermanas que le atienden se convierten en una lucha entre la vida y la muerte, entre la lucidez y la locura a la que le conducen los fármacos que le administran. Durante uno de los delirios causados por la morfina, Z. escucha una voz femenina que le susurra: "no quiero que mueras". Las palabras actúan como un revulsivo y el enfermo empieza una rápida recuperación que lo lleva a replantearse aspectos fundamentales de su vida. Sin embargo, pese a sus indagaciones, nunca logrará saber con certeza a quién le pidió aquella noche, en la penumbra de la habitación, que siguiera viviendo.

 

Analizando los pasos de esta segunda parte más despacio vemos cómo describe el inicio de la enfermedad (pág 87):  Iba en el tren para Florencia y alargó la mano en busca de cigarrillos; en ese instante fue cuando empezó todo. Fue el momento en que “su vida se separó de todo lo que hasta entonces la había condicionado y dado sentido. De súbito, algo había muerto en mi interior y yo volvería a renacer. Había muerto para la vida y renacía para la muerte”.”

 

El sentido de la vida, me lleva al libro de Victor Frankl, psiquiatra judío, que tras pasar 4 años en un campo de concentración, explica que cuando uno se enfrenta a un destino ineludible, la vida ofrece la oportunidad de realizar el valor supremo de cumplir el sentido más profundo: aceptar el sufrimiento. El valor no reside en el sufrimiento en sí sino en la actitud para soportarlo. El sentido de la vida cambia continuamente, pero no cesa nunca de existir.

 

La muerte es otro concepto permanente, ya sea como una sombra  que acecha a los personajes o como una realidad impuesta contra la voluntad de los seres humanos, tanto en lo individual como en los holocaustos perpetrados durante la guerra, que es como un telón de fondo que siempre está presente en esta novela. Todo ello le hace expresar en forma abrupta: “Escritor, a ver si aprendes a ser humilde, profundamente humilde, me dije. No sabes nada sobre los hombres, y tampoco sobre las fuerzas que los mueven y animan a vivir o morir. Nada sabes sobre el amor; en tu trabajo manejas simples ideas preconcebidas… ¡Qué ridículo resulta en ocasiones el destino y al mismo tiempo qué triste y conmovedor! ¿A dónde llegaremos los europeos si optamos por ese sendero anárquico?… ¿Qué será del mundo?”

 

En ese momento, cuando su enfermedad se ha iniciado, se plantea su amor por E. “¿cómo puede un hombre amar a una mujer que nunca le ha entregado su cuerpo?” Z. siente que la ama, pero él mismo se dice que no la ama, que asumió el papel de amigo desinteresado porque no pudo ser su amante y se siente herido en su orgullo. Sin embargo, en el debate que mantiene consigo mismo (con una voz que le habla) se dice: “a E. la única fuerza terrenal que la conmueve es la música y yo le di la música. Algunos hombres aman con el cuerpo, yo la amo con la música. La música ha constituido en nuestra relación un vínculo más estrecho que cualquier vínculo erótico y carnal. La música tiene mas fuerza que el beso, que la palabra que el tacto”.

 

Me ha llamado mucho la atención la relación que establece Z con su enfermedad. En ningún momento se angustia o se atormenta. La vive con absoluta curiosidad, observándola desde fuera: “Hay algo elemental en el brote de una enfermedad grave, como en todo aquello que dispone la naturaleza. Es realmente un brote. Me quedé solo en medio del salón, igual que cuando alguien queda solo, infinitamente solo, en el universo: aún no comprende qué le ha pasado, sólo comprende que, en ese instante, los demás están en otra parte, en algún lugar de la otra orilla y él se ha quedado solo” (pág. 97). Ahora empezaba lo distinto. “¿A quién explicarle mi dolencia? Ellos aún estaban en la otra orilla, en la orilla que yo acababa de abandonar…No tenía amigos; un artista no tiene a nadie porque no puede compartir: toda su atención, toda la fuerza de sus sentimientos, se concentran en la única tarea para la cual ha sido elegido. No podía hacer nada, tenía que permanecer callado” “Tal vez aquella situación no fuera mala, una impotencia inerte de la que ninguna fuerza humana sería capaz de sacarme: por fin podría descansar”

 

“La sensación más profunda de  toda enfermedad grave es la de envenenamiento”…(pág. 106)

“Seguí despierto en la oscuridad analizando el dolor”… (pag 112).

“La enfermedad, como toda situación humana, establece con extraordinaria rapidez el orden de las cosas”…

 

 

Y la relación con el dolor: “Por la mañana dolía de otra forma, de una forma matutina, porque, al igual que el amor es distinto por la mañana, por la tarde y por la noche, el baremo del dolor también cambia según las franjas del día”…(pág. 118).

 

“El hombre está más predispuesto al dolor que a la alegría”

 

“Una vez a solas, empecé a ver mi enfermedad como una especie de tarea, un trabajo o un viaje peligroso, cuyas verdaderas dificultades al principio aún se desconocen”…. “El mundo me parecía muy distante”… Vuelvo a Victor frankl que se refiere así al sufrimiento:  “una vez perdida la voluntad de vivir rara vez se recupera. Cuando se descubre que el destino es sufrir, se ha de aceptar ese sufrimiento porque se convierte en la única tarea, nadie puede redimirnos del sufrimiento ni sufrir por nosotros”

 

“Me habían iniciado en un misterio, me habían comunicado una sentencia, pero sin aclararme cómo se ejecutaría”-dice Z.-

 

Z. se asoma a los abismos del dolor y reflexiona sobre la fuerza de las pasiones que rigen el destino humano, para concluir que, cuando hay que dar parte de los cambios esenciales en la vida, las palabras precisas parecen inalcanzables. Resulta espectacular  cómo Márai consigue que, incluso estando el protagonista dentro de la misma muerte, el texto irradie en cada línea esperanza. Transmite un sereno optimismo. “Si un mes antes alguien me hubiera dicho que hablaría balbuceando, que me alimentarían mediante tubos, tal vez me habría suicidado. Tal vez. Pero ahora ese miserable estado ya estaba allí porque la enfermedad era realmente castigo y humillación. Sin embargo, yo no tenía ganas de suicidarme”  (pág. 149).

 

No se queda anclado en la enfermedad. Se acerca a la esperanza, a la posibilidad de curación, a la vuelta a la vida desde las ganas de sobrevivir del ser humano “¿Puede un hombre retomar el camino torcido? ¿Puede un hombre huir de una pasión que le destruye?” “El ser humano es más infinito que su destino. Es más infinito, más intrépido, más dispuesto a todo”.

 

En pleno tratamiento, manipulado por las enfermeras “me sentí absolutamente tranquilo ¿también feliz? No lo diría porque ignoro en qué consiste la felicidad. Pero si la ausencia de deseos y el conocimiento agradecido y humilde de la realidad no se parecen a la felicidad, prefiero no llegar a conocer dicho estado de ánimo. Porque el dolor y la enfermedad no constituían el sentido verdadero de aquel estado. A veces, llegaba incluso a sonreir”

 

En el fondo Márai plantea esa necesidad de voluntad para huir de la enfermedad y del conflicto en la vida. «Busque la vida», le sugiere el médico al músico para salvarle de la enfermedad. Vida y literatura se cruzan en Márai  y ambas luchan entre sí con furor y rabia. El exilio  voluntario del escritor en Europa, la prohibición de su obra en Hungría, su suicidio en San Diego a los 89 años, antes de la caída de Berlín, son exponentes de ese terrible sufrimiento y de su lucha constante por la vida.

 

Durante el tratamiento, Z. recibe morfina. Las relaciones que establece con “la cita química” son realmente destacables. Esperaba la hora de la inyección con absoluta paciencia. Pulsaba el timbre y esperaba: “el corazón se me desbocaba igual que el del enamorado”….”(pág. 157) “todo tenía algo de excitante que encendía el cuerpo y el alma, pero también de indecente e inmoral”. Lo compara con la mujer que a media noche se acerca a la cama del hombre para llevarle “felicidad, olvido, reconciliación, consuelo o amor”. Aquello tenía todos los ingredientes de una cita. Un cita de esperanza y emoción y de remordimiento. Describe los efectos (pág 159) como algo absolutamente placentero. Concluye que aun en ese estado, entre la vida y la muerte, sabía que solo a través de la conciencia uno puede ser feliz sin sentirse culpable, al menos por unos instantes. “Así era cada noche la cita química: una misteriosa relación con una amante que no pedía nada y lo daba todo”.

 

Describe a las 4 mujeres que lo cuidaban, las cuatro enfermeras: Dolorissa, severa y pragmática, parecida a una campesina que llevaba a su habitación tranquilidad. Matutina, solemne como una sacerdotisa. Cherubina, bella y sensual y  Charrísima, enferma de leucemia.

 

No quiero dejar de señalar los interesantísimos diálogos médico-paciente, en los que va más allá de la dolencia puramente física.  Márai describe la enfermedad de Z. como lo que entenderíamos ahora como una enfermedad psicosomática. “Su enfermedad, le dice el médico, representa un caso límite en el cual el mal orgánico y las condiciones psíquicas se mezclan inextricablemente. Su enfermedad ha sido causada por una especie de envenenamiento y nada sabemos de ese veneno. Yo sólo puedo tratar las consecuencias físicas del envenenamiento. Hacemos todo lo que podemos ¿todo? Bueno, no es todo. El todo es algo adicional que representa el verdadero equilibrio entre la salud y la enfermedad. El todo quizá significa tener un vínculo real y esencial con la vida. El todo es ese extra con el que la salud vence a la enfermedad, con el que la actividad vence a la flojera latente en la vida y en el universo. El todo es una corriente profunda que impregna a una persona cuando se encuentra con Eros. Porque Eros tiene mucha fuerza. No es más que una palabra pero tal vez sea la que designa el sentido de la vida. (pág. 176) Allí donde Eros no se manifiesta, la gente se vuelve enferma.

 

En este momento Z entiende la verdad. Hace una especie de insight y dice: en ese momento sentí, por primera vez en nuestro encuentro, que ya no me “trataba” sino que me curaba, o sea que me ofrecía lo que yo había esperado ávida y silenciosamente, la verdad. «La vida es veneno si no creemos en ella, si ya no es más que un instrumento para colmar la vanidad, la ambición o la envidia. Entonces uno empieza a sentir naúseas, como...». (p. 179).  Márai intenta buscar con serenidad  las raíces del dolor, de la enfermedad y de la soledad del artista.

 

El médico le dice: Maestro, su alma está sana pero su cuerpo ha reaccionado a una mentira, a una especie de intoxicación. Un día se levantará de esta cama pero sólo cuando quiera hacerlo. Tras este encuentro Z. reflexiona “sólo el ser humano es capaz de ayudar al ser humano e infundirle ánimos cuando está en apuros. Sólo hay que buscar a la persona adecuada cuando estamos solos y ya no queremos vivir”.

 

“Yo sabía que algo me pasaba. Había llegado a uno de los momentos cruciales de mi vida y ya no se trataba de si mi estado era más o menos grave. Intuía que algo se había decidido. Comprendí que ahora me sucedía algo distinto de la enfermedad. Estaba solo y me sentía tranquilo”.

 

En este estado, oyó una voz que le decía: Usted va a morir. A lo que Z responde: “ya lo sé”. Y la voz le dice: “No quiero que se muera”.

 

Este es el momento más intrigante de la novela. A partir de ahí surge el proceso de curación. “Por primera vez para mí, el arte y la vida se fundieron en ese silencio; comprendí entonces, con un pie casi en el otro mundo, que tanto en la vida como en la música existe una especie de contacto final, una última armonía matemática; y es precisamente en ese instante cuando la armonía se resuelve convirtiéndose en vida o en muerte”.

 

Aquí se interrumpe el manuscrito (pág 197) y Z hace una reflexión sobre la razón y la pasión. La pasión es todo. Es más que el mero placer….

 

Marai, a partir de aquí hace unas reflexiones interesantes, a través de Z., sobre el pudor, sobre la ausencia de este en los cuerpos enfermos (la enfermera le bañaba), sobre su deseo de morir, sobre la intimidad de las relaciones humanas (pág. 209) y sobre su amor por E. que seguía viviendo en él. Entendió que una mujer quería algo de él. Durante 6 días se debatió en profundos pensamientos. “Y entonces decidí no morirme”.

 

Después de graves crisis, la recuperación se produce con el mismo ímpetu que la enfermedad. Z. entiende que “detrás de todo, de la enfermedad y de la recuperación, estaba ella E. Había sido aquella amante tejida en su imaginación y sin embargo más real que cualquier otra de carne y hueso, la causa de mi enfermedad y la fuerza, la energía que en las últimas semanas me había animado a vivir. E. era la realidad”.El médico le dice: “Usted dejó una relación, la cambió por la enfermedad”.

 

Z. se despide del médico diciéndole: ”He aprendido que no basta con estar enfermo ni con tomar medicamentos, sino que también es necesario responder, responder a la enfermedad y a todo lo que nos ha causado la enfermedad y la recuperación”.

 

 

Las pasiones humanas, el dolor físico, los padecimientos psíquicos y corporales, la enfermedad, el éxtasis del arte, el misterio de la muerte (el suicidio) son los temas intemporales de esta novela, el último texto narrativo que publicó en su país antes de exiliarse.

 

La novela de Márai reflexiona acerca de la verdadera naturaleza del amor y se pregunta: “¿qué sabemos sobre la verdadera naturaleza y las intenciones de esa fuerza?”. La literatura de cada época da un sentido distinto a esta pasión, la ennoblece, la califica como la manifestación emocional más sublime o la más depravada del ser humano. Pero ¿cuál es la realidad?”

 

La hermana es el contrapunto a La mujer justa. La hermana es una novela serena. En ésta hay un canto constante a la fe, a las ganas de cumplir con ese camino marcado como destino. No hay otra cosa que agarrase a la vida o encontrar un motivo por el cual estar vivo, de existir existe, aunque sea en la distancia y pueda tan sólo ser una ilusión óptica, un espejismo que requiera un sacrificio pero que nos mantenga vivos.

«En alguna parte, en alguna ciudad extranjera, E., seguía viviendo para mí. Ya nada sabía de ella tan sólo lo esencial, que estaba viva y que, mientras yo viviera, aquel cuerpo frío y aquella alma ardorosa seguirían siendo un recuerdo noble para mí (…) tras tantas declaraciones, tanta mentira, tanto entusiasmo e ilusiones, el instante en que, a través del cuerpo, un alma llama a otra para que vuelva a la vida…Sabía que aquello era un milagro posible entre seres humanos. Así pasaron seis días. Y entonces decidí no morirme (…)» (páginas 211 y 212 ).

 

La hermana es una de las novelas más optimistas y conciliadoras de las escritas Márai. A Z., la enfermedad le cambia toda su relación con el universo, con el hombre y con  música. Todo ello le hace expresar que ha amado con la música, a través de ella, pues la música ha constituido un vínculo más estrecho que cualquier vínculo erótico o sensual con la mujer de sus sueños porque la música tiene una fuerza inmensa; es un lazo impersonal entre el hombre y el universo, un vínculo inmaterial que hace al autor concluir la narración contenida en el manuscrito que le envió al escritor con las siguientes reflexiones:

 

Aquí concluye el manuscrito… sus enseres, sus libros, todas sus notas quedaron en Lucerna. La guerra silenció su legado.

“No se sabe si entre sus cosas había alguna composición musical aún no estrenada. En los últimos años, el mundo sólo ha escuchado partituras muy distintas, unas partituras terribles; nadie tenía tiempo de preocuparse por el destino de una improbable partitura extraviada. Tal vez haya lectores que lean esta historia como la última composición de un músico, en la que la melodía importa más que la letra. Y está bien que así sea, pues, aunque la melodía nunca tiene un “significado”, lo dice todo, todo lo que no puede decirse con palabras”.

 

Sándor Márai en cada uno de sus libros consigue poner justamente el dedo en la llaga, hurgar en la herida, recordar lo olvidado, hacernos ver lo que a veces no queremos mirar, pues como uno de los personajes de la novela dice: «Vivir exige mucha responsabilidad».

        

La hermana  debió esperar casi veinte años, desde que su autor se quitara la vida en San Diego, California, pocos meses antes de la caída del Muro de Berlín. Márai nació justamente el mismo año que v Nietszche, 1900 y experimentó, desde muy joven, el exilio, primero voluntario, en Europa, y luego forzoso e inevitable como emigrante a Estados Unidos. Con la instauración del régimen comunista en la Hungría de 1948 sus novelas fueron prohibidas y su nombre tachado de los círculos literarios e intelectuales de su ciudad natal (Kassa, hoy perteneciente a Eslovaquia).

 

Un elemento distintivo brota de su escritura: aborda de una manera magistral las preocupaciones esenciales del ser  humano; su prosa está impregnada de interrogantes que trascienden las fronteras geográficas y los momentos históricos.

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