Primera memoria, d'Ana María Matute (Montse Saez)

 


Aquesta novel·la va guanyar el premi Nadal l’any 1959 i  era la tercera vegada que l’autora es presentava al premi, que atorga l’Editorial Destino, on Matute va publicar totes les seves obres. Forma part de la trilogia Los mercaderes.  

L’escriptora va definir el propòsit de la novel·la en una entrevista al diari La Vanguardia com el de: “plantear, mediante una forma lo más sencilla y suave posible, jugando con unos personajes adolescentes, limpios de todo prejuicio, el problema de la incomprensión y la injusticia dominante, contrastando la pureza de los personajes con la brutalidad de la guerra” (7 de gener de 1960).

La novel·la Matute la va redactar només en 20 dies, en una etapa molt ràpida d’escriptura, després d’un procés de creació, planificació i composició interior, però la “perfecció” només l’aconsegueix en dedicar mesos als treballs de revisió i correcció. Aquesta forma d’escriure és un dels trets característics de la novel·lista. En la narració Matia fa poques afirmacions, més aviat són suposicions que qüestionen els seus pensaments.

Està dividida en quatre parts: el declive, la escuela del sol, las hogueras i el gallo blanco, que alhora parteix en diversos capítols curts.

Hi surten molts personatges:

-          els adolescents: Matia, Borja, Manuel, amb altres familiars i companys;

-          els adults: l’avia, doña Práxedes, la tia Emilia, el preceptor Lauro “el Chino”, els servents;

-          els rics: el senyor Jorge de Son Major, mosen Mayol;

-          en contraposició als mariners i a la gent del poble;  

-          els marginats com: sa Malene i Jose Taronji;

-          finalment els que lluitaven a la guerra en el bàndol dels bons com: el tío Álvaro “El Coronel”, o en el dels dolents, com: el pare de la Matia. 

La novel·la es desenvolupa en l’illa de Mallorca, illa de mercaders i fenicis, durant la primavera-estiu fins la tardor-hivern de l’any 1936 i està narrada en primera persona. La veu de Matia, en el seu pas de nena a adolescent és, més que ella mateixa. Les seves reflexions sovint semblen les d’una dona adulta que escriu molt després que passin els fets i ens en adonem perquè el text està entre parèntesi:

“¿Será verdad que de niños vivimos la vida entera, de un sorbo, para repetirnos después estúpidamente, ciegamente, sin sentido alguno?” (pàg. 38)

“Tal vez, pienso ahora, con toda tu bravuconería, con tu soberbio y duro corazón, pobre hermano mío ¿no eras acaso un animal solitario como yo, como casi todos los muchachos del mundo” (pàg. 50)

“La primera mañana que desperté en aquella habitación, al entrar la luz perlada del alba por las rendijas, me levanté, fui a cerrarlas, y no pude; sentí un gran ahogo y, desde entonces, me costó mucho acostumbrarme al amanecer” (pàg. 79)

“Acaso, sólo deseaba que alguien me amara alguna vez. No lo recuerdo bien” (pàg, 89)

 

“Y bien cierto es que durante mucho tiempo –y aún ahora, en este momento– recordé aquella tarde como en el fondo de una gran copa, con los ruidos amortiguados. Y en aquel sofocante silencio sólo oía las voces y las palabras de la primera conversación de Manuel y mía”          (pàg. 129)

“Y así fue, pues, un mes más tarde, lo mataron (…) Le mataron a aquella misma hora, y Antonia continuó sirviendo el desayuno, dando de comer a Gondoliero, azul y brillante (...) Me lo contó Lorenza, años más tarde, cuando todo era ya tan diferente” (pàg. 221)

“No existió la Isla de Nunca Jamás y la Joven Sirena no consiguió un alma inmortal, porque los hombres y las mujeres no aman, y se quedó con un par de inútiles piernas, y se convirtió en espuma” (pàg. 227)

 

Els temes sobre els que escriu Ana Maria Matute són constants a la seva obra, amb un deix fatalista: l’odi, l’adolescència, el caïnisme, el contrast entre adults i nens, el trencament entre el mon burgés acomodat i el dels pobres i marginats, la lluita entre el be i el mal, la solitud, la tristesa...  

“El odio estallaba en medio del silencio, como el sol, con un ojo congestionado y sangriento a través de la bruma” (pàg. 52)

“Yo comprendía que Borja, mientras sonreía con dulzura, temblaba de odio, de envidia y de rabia” (pàg. 105)

“Qué extranjera raza la de los adultos, la de los hombres y las mujeres. Qué extranjeros y absurdos, nosotros. Qué fuera del mundo y hasta del tiempo. Ya no éramos niños. De pronto, ya no sabíamos lo que éramos” (pàg. 115)

“Hasta aquel momento nunca me di cuenta de que era un muchacho, solo un muchacho; apenas mayor que nosotros, metido de lleno en las sucias cosas de los hombres y de las mujeres; hundido hasta los hombros en el mundo, en aquel pozo al que todos estábamos resbalando” (pàg. 159)

El vocabulari també és molt extens, amb paraules boniques o no gaire corrents:

“calígine, logia, catilinaria, pegujal, espaldar, alfanje, arrebolada, curruscante, trizada, llamear, cangilón, lagotero, astroso, agostado, espejeaba, zureo…

Primera memoria te connotacions autobiogràfiques, ja que reflecteix la generació d’escriptors als quals la guerra civil els hi va trencar la infancia. També el nino Gorogó que descriu era, en realitat, d’Ana Maria Matute.

“Menos mal que llevé conmigo, escondido entre el jersey y el pecho, mi Pequeño Negro de trapo –Gorogó, Deshollinador– y lo tenía allí, debajo de la almohada. Entonces comprendí que había perdido algo: olvidé en las montañas, en la enorme y destartalada casa, mi teatrito de cartón” (pàg. 34)

“Qué clase de monstruo soy que ya no tengo mi niñez y no soy, de ninguna manera, una mujer” (pàg. 144).

Des de la primera pàgina ens trobem descripcions realistes, tant físiques com psicològiques, i des de l’inici ja defineix el final del relat per com reflexa la maldat de la seva avia i de Borja, unes descripcions, de tota manera, no exemptes de poesia:

“Repasando antiguas fotografías creo descubrir en aquella cara espesa, maciza y blanca, en aquellos ojos grises bordeados por un círculo ahumado, un resplandor de Borja y aun de mí. Supongo que Borja heredó su gallardía, su falta absoluta de piedad. Yo, tal vez, esa gran tristeza” (pag. 29).

“Desde muy niño alguien le inculcó el disimulo como una necesidad. Era dulce y suave cuando le convenía aparecer así ante determinadas personas (pàg. 31)

“Sentí una sorda irritación contra ella. Allí estaría, como un dios panzudo y descascarillado, como un enorme y glotón muñecazo, moviendo los hilos de sus marionetas (…) Sus ojos entraban en las casas y lamían, barrían. Eran unos ojos que adivinaban, que levantaban los techos blancos y azotaban cosas” (pàg. 71).

“La abuela me miraba con sus ojos bordeados de humo, bajo la onda blanca que resplandecía al sol (…) Eso era la abuela: como una rica y apreciada sustancia, en una tinaja vieja y basta” (pàg. 84)

“Hasta Guiem, tozudo y pesado, gran nariz rabina, torpe y cauteloso” (pàg. 51).

“Pelirrojo como todos ellos –dijo Borja, entonces– Pelirrojo. Chueta asqueroso” (pàg. 55).

“Se veía el temblor de sus piernas, firmemente plantadas, pero hablaba despacio y mesuradamente, con una voz sin brillo. Y era sudor, sudor tan solo (…) Ni una, ni una sola lágrima” (pàg.59).

“Jorge de Son Major era un tipo raro, un aventurero que dilapidó su fortuna de un modo absurdo en extraños y pecadores viajes por las islas. Pero a los ojos de mi primo era únicamente un ser fantástico” (pàg. 63)

 “La tía Emilia estaba siempre así, como esperando algo (…) Como un gran bizcocho borracho, que parece vacuo e inocente, y está empapado de vino” (pàg. 74)

“Mosen Mayol poseía un gran sentido de la dignidad y a mí me parecía el hombre más guapo y elegante que vi jamás (…) Es muy hermoso –decía la abuela. Oficia con la dignidad y majestad de un príncipe” (pàg. 77).

“Mosen y la abuela reinaban, despreciaban y callaban” (pàg. 90)

“El viejo sostenía el cigarrillo en su mano, parecida a un enorme cangrejo. De su ojo izquierdo, congestionado, nunca acababa de caer una lágrima (…) Es Mariné se enroló en el Delfín, se fue con don Jorge por esos mundos de paganos” (pàg. 105)

“¡Que asqueroso Sanamo, aprovechándose de los viejos tiempos del Delfín, de los recuerdos del pobre señor! (pàg. 107)

“El Chino retrocedió contra la pared (…) ¿De qué Dios eres tú el profeta, renegado? Tú no crees en nada. Te echaron de allá por descreído. Sólo crees en tu cochina barriga” (pàg 111)

“El caso era que Borja no concebía la vida sin sus robos, continuos y casi sistemáticos. Particularmente, dinero. Robaba a su madre y a la abuela con habilidad y sentía un especial goce en el peligro (pàg. 119)

“Manuel poseía una faz delgada y dura (…) Tenía los ojos profundamente negros, con la córnea azulada. Nunca vi ojos como los suyos, que hacían olvidar –y lo he olvidado, es cierto- el resto de sus fracciones” (pàg. 132)

“Y entonces me di cuenta del brillo de sus enormes ojos negros, un brillo fiero, que me dejó inmóvil” (pàg 136)

”Su voz temblaba, tal vez de ira. Pero mesurada, con la traidora dulzura de la mansedumbre” (pàg. 156)

“Pero la maligna lengüecilla de luz continuaba revelándome, aunque no quisiera, el secreto de la tía Emilia: Amado mío, Jorge” (pàg. 171)

“Antonia, opaca, como sin alma, vertió el café en las tazas” (pàg. 176)

“Manuel le miró, y por primera vez descubrí en él un fugaz temblor de cólera. Una cólera tan profunda y dolorida como su tristeza” (pàg. 178)

“La mano de Jorge tenía un raro aroma de cedro (…) O, quizá, no fue su mano; quizá fue solamente aquel sueño que empapaba el escondido jardín de Son Major (…) Y su risa fue maliciosamente coreada por el viejo diablo que le servía” (pàg. 183)

“Jorge no era como lo habíamos imaginado. No era ni el dios, ni el viento, ni el loco y salvaje huracán (…) Jorge era un hombre cansado y triste, cuya tristeza y soledad atraían con fuerza. Viéndole, mirando su cabello casi blanco, sentí que amaba aquel cansancio, aquella tristeza, como nunca amé a nada. Acaso porque poseía cuanto yo deseaba” (pàg. 185)

Es personalitza la natura i conté figures retòriques, també descripcions molt poétiques, altres d’iròniques, i sovint fatalistes:

“Las flores, como el estupor de la tierra, encarnadas y vivas, curvadas como una piel, como un temblor del sol, gritando en medio del silencio” (pàg. 53).

“Levanté la cabeza y vi como el sol, al fin, abría una brecha en las nubes. Se sentía su dominio rojo y furioso contra la arena y el agua” (pàg. 57).

“Siempre me pareció que había en la cala algo irremediable, como si un viento de catástrofe la sacudiera” (pàg. 48)

“La gaviota se calló, y en aquel gran silencio (era de pronto como un trueno mudo rodando entre nosotros) me dije: Ese hombre está muerto, lo han matado” (pàg. 57)

“Las piedras de los muros de contención  blanqueaban como hileras de siniestras cabezas al acecho. Había algo humano en los troncos de los olivos” (pàg. 70)

“Las noches transparentes bebía licor de naranja, lúcido como agua, y Pernod los días nublosos, porque decía que las bebidas tenían gran relación con la atmósfera o el color del cielo” (pàg. 73)

“La campana de Santa María se lanzó, como un alud de gritos sobre el pueblo, sobresaltadamente (…) como mil lamentos esparcidos al aire, o destempladas quejas. (Despertaban el silencio, solo hollado por las botas negras de los Taronjí) (pàg. 85)

“Casi nunca es azul el cielo” (pàg. 86)

“El sol dañaba los ojos, entre el verde, el ópalo, el diamantino resplandor de los cascotes. Suavemente, pasé la yema del dedo por sus bordes afilados como navajas. Los ojos me dolían de tanta luz” (pàg. 92)

“Las tempestades no me asustaban. Me gustaba el trueno atravesando el pueblo desde la montaña al mar, rodando declive abajo. Pero al viento le temía y, antes de que empezara, lo presentía como el roce de un animal que trepara por la pared (…) A veces me daban un miedo parecido las flores que surgía de los pequeños jardines y huertos” (pàg. 95)

“Decía el libro que Borja encontró en la habitación del abuelo. Explicaba como ardían vivos los judíos. Aquella era la misma plaza donde ocurrieron, siglos atrás, aquellas escenas (…) Habían prendido las hogueras” (pàg. 157)

“Borja traía en la mano el chamuscado muñeco de paja, al que habían vestido un jersey astroso para que se pareciese a él. No sé cómo, se le parecía” (pàg. 161)

“(En un mundo de chiquillos malvados y caprichosos, con tozudeces infantiles, con estúpidas rencillas, con admiraciones excesivas por seres como el viento, que quemaron su Delfín en una lejana playa griega)” (pàg. 165)

“Había un sol maduro, pleno, aquella tarde. Entrábamos en un tiempo dorado, de luz en sazón, con un resplandor rojo y malva, entre los árboles. Un sol cálido como un vino antiguo, que debía tomarse sorbo a sorbo para que no se subiera a la cabeza. Habíamos entrado en el mes de octubre (pàg. 176)

La solitud dels adolescents, la seva por i també la venjança s’expressa de diferents maneres que no sempre sap identificar la narradora:

“Así estuve mucho rato, mordiéndome los labios y tratando de ahuyentar las despreciables lágrimas. Me parece que tuve miedo. Acaso pensé que estaba completamente sola, y como buscando algo que no sabía (pàg.33)

“Borja continuó (…) Mi padre luchando en el frente contra esa gentuza… Y yo aquí, tan solo (…) si no hubiera sido por aquella soledad, nunca hubiéramos sido amigos (…) No sé qué diablo me picaba a veces, que si algo me arañaba por dentro me empujaba a la maldad” (pàg. 65)

“Pervertida –dijo. ¡Enamorada a los catorce años de un hombre de cincuenta! (…) Tu peor –contesté. Tu más pervertido, puesto que eres un muchacho” (pàg. 196)

“Estás en mis manos. He leído muchas cosas sobre los correccionales. Hay celdas de castigo (…) ¿Cómo hablarle de la piedrecita azul, como decirle que todo aquello de que me acusaba ni siquiera lo entendía? (…) Borja ganó y yo perdí. Yo perdí, estúpida fanfarrona, ignorante criatura” (pàg. 219)

Al llarg de la novel·la la narradora ens descriu nombrosos pensaments, sensacions i sentiments com ofec, irritació, molèstia, ràbia, malsons, melancolia, atracció, amor, engany que, sovint,  la turmenten i la confonen:

“También mi padre se juega la vida por vuestra culpa” (pàg. 67)

“Me molestaba que alguien me viera dormir, como si fuera a descubrir mis sueños estando prendida de ellos, tan terriblemente indefensa” (pàg. 79)

“Mi madre, siempre ese cuento. ¡Mi madre era una desconocida! ¿A qué vienen siempre a hablarme de ella? (pàg. 80)

“Alicia en el mundo del espejo, pensé contemplándome en él (…) Tristísima imagen aquella –la mía– de ojos asustados, que era, tal vez, la imagen misma de la soledad” (pàg. 82)

“¿Y por qué, por qué me reía yo y estaba tan triste, diciéndole aquello al Chino? ¿Por qué aquella amargura (…) Al ver las iniciales bordadas en aquel pañuelo, me invadió una oscura envidia. ¿Quién lo bordó sino su madre” (pàg. 98)

“Yo sabía –porque siempre me lo estaban repitiendo– que el mundo era algo malo y grande. Y me asustaba pensar que aún podía ser más aterrador de lo que imaginaba. Miraba la tierra y me decía que vivíamos encima de los muertos” (pàg. 110)

“Miraba hacia los arcos y el cielo, y pensaba: Mauricia. (El huerto, la casa de mi padre, el bosque y el rio, con sus álamos. ¡El río, con sus remansos verdes y quietos, como grandes ojos de la tierra!)” (pàg 115)

“¿Con quién estaba hablando? ¿Con aquel que se olvidó en un cajón de la casa una maravillosa bola de cristal que nevaba por dentro? (Fue de tu papá: le gustaba tanto cuando era niño hacerla nevar…) (pàg. 117)

“Una de las cosas más humillantes de aquel tiempo, recuerdo, era la preocupación constante de mi abuela por mi posible futura belleza. –Es lo único que sirve a una mujer, si no tiene dinero” (pàg 120)

“No es eso, ya no duermo abrazada a Gorogó (…) Este es para otras cosas; para viajar y contarle injusticias” (pàg. 126)

“Yo seguía quieta, amparada por el olivo. Manuel sacaba el agua y la echaba en su cántaro. Era un cántaro esmaltado de verde y muy grande. Un perro muerto es algo horrible –me dije- algo que no se puede soportar” (pàg. 130)

“Y yo, por si ni siquiera le conocía, sentía aquel afán de decir a Manuel cosas y cosas que jamás habrían oído Borja, ni Juan Antonio. Decirle, quizá, tan solo: No entiendo nada de lo que ocurre en la vida ni en el mundo, ni alrededor de mí (…) ¿Por qué me importaba tanto?” (pàg 136)

“Por eso no es de ninguno de nosotros. O, acaso, fuese de todos nosotros. Porque es tan bueno… Pero ¿era él bueno, realmente? ¿Era yo mala? ¿Eran malos Borja y el Chino? ¡Que confusión” (pàg. 143)

“Y sabia –en aquel momento lo supe por primera vez– que él iría a donde yo le pidiese (…) (Y cuánto me dolió después. O, al menos, cuánto me dolió en algún tiempo, que ahora ya parece perdido)” (pàg. 145)

“Asentí con la cabeza, malvadamente, para deleitarme con su pesar. (Y no era verdad, no habíamos ido allí, como él se figuraba” (pàg. 152)

“Y dije, para rematarle: -Manuel podría bañarte en latín. Sabe más latín  que mosén Mayol. Tu i yo, a su lado, porquería” (pàg. 154)

“Para mí tenían un significado brutal (…) lleno de odio y estupor, parecía el símbolo de la ira entre Guiem y Borja. Hoy día no puedo pasar frente a una carnicería sin sentir un hormigueo de asco y de temor en la espalda” (pàg. 158)

“Y mirando al Chino, a mi lado, sentí mi primera piedad de persona mayor (…) Y a un tiempo me avergonzaba de aquel primer sentimiento de adulto y me daba miedo y pena de mí misma, de mis palabras y de mi piedad” (pàg. 160)

“Nunca nos citábamos a determinada hora, en ningún momento. Simplemente nos encontrábamos. Manuel, que no se tomaba nunca un descanso, ni hablaba con nadie, abandonaba todo para venir conmigo” (pàg. 171)

“Me aterré recordando aquel día en que me pareció que Manuel iba a decir: Detente ahí, este es mi mundo, al ver que Borja, zafio y osado (Malvado Borja), sacudió los hombros y atravesó aquella puerta por primera vez. Aquella puerta que era el oculto santuario de algo que iba más allá de mi posible amor” (pàg. 177)

“Aquello –me dije– tal vez era lo que los adultos llamaban el amor. No podía saberlo, pues nunca había amado a nadie (…) Y un dolor vivísimo me llenaba, a un tiempo que un desesperado y terrible amor, como no he sentido después, jamás” (pàg. 186)

“¿Cómo es posible que todos estemos enamorados de él? (…) Cada vez que Manuel y yo queríamos separar nuestras manos, Jorge ponía la suya encima y lo impedía” (pàg. 189)

“Debajo del jersey estaba la medalla de oro. Se la pondré al cuello y le diré: toma esto, es algo mío. (Pero no sabía si a Jorge, a Manuel, o acaso al mismo Borja” (pàg. 206)

“Pero yo era egoísta e irreflexiva sobre todas las cosas (…) Una tristeza sombría, tal vez malvada, me invadía sabiéndole tan apegado a sus familiares. Le hubiera querido ajeno al mundo entero –a mí, incluso– antes de saberle ligado a alguien que no fuera yo” (pàg. 207)

“En aquel momento me hirió el saberlo todo. El saber la oscura vida de las personas mayores, a las que, sin duda alguna, pertenecía ya. Me hirió y sentí un dolor físico” (pàg. 224)

“Unos metros más allá estaba el huerto de Manuel, pero no podía acercarme. Algo me dolía tanto que no me podía mover (…) Una gran cobardía me clavaba al suelo. Yo sabía que le mandaban a buscarlo. Solo había una voz que me sacudía: cobarde, traidora, cobarde          (pàg. 225)

“Le grité: Van a castigar a Manuel, y es inocente. Pero el balcón seguía cerrado, y nadie contestaba, ni hablaba, ni se oía voz alguna” (pàg. 226)

“Borja tiró el cigarrillo al suelo y fuimos el uno hacia el otro, como empujados, y nos abrazamos. Él empezó a llorar, a llorar ¿Cómo se puede llorar de esa forma? Pero yo no podía (era un castigo, porque él siempre aborreció a Manuel. Pero yo ¿acaso no le amaba?”         (pàg. 228)

 

 

                            

 

 

 

                          

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